La sedimentación es un inquietante proceso químico mediante el cual los materiales que forman parte de un todo son arrancados de su base y se atomizan, debilitados por el furor que inoculan en ellos determinadas circunstancias. La vulnerabilidad de estos fragmentos es atraída por la gravedad mientras sus pesos o levedades son transportadas por diversos agentes que luego los precipitan en caída, para depositar sus roídas estructuras en la configuración adyacente de nuevos territorios y escenarios.
La propuesta más reciente del artista Manuel Eduardo González es una operación concentrada en los mecanismos de este fenómeno. Las dinámicas de su acción conceptual, las tramas cromáticas del gesto visual al que recurre junto al desplazamiento físico y la superposición de todos los elementos involucrados, son estructuras que se desplazan en cada una de sus piezas mediante una interacción constante. Están frente a nosotros como una gran instalación, llenan el espacio con sus esbozos deshabitados; son un nuevo modo de registro de un pasado olvidado desde un presente yermo. Al recorrer estas sedimentacionesla ansiedad de la mirada perfilatodo un tejido de inéditas cuantíaspor entre los fragmentosde ese extraño paisaje venezolanoque ahora es un documento en cierta forma proscrito, desterrado, casi ajeno. En cada uno de sus recorridos el artista reconstruye el probable sendero simbólico de una historia “otra”, una que quizás hemos pasado por alto. En esta aventura lo guía la demanda de respuestas, figuras, extractos, sonidos capaces de levantar formas inéditas desde esa ruina perenne que conduce el amenazante círculo de nuestra historia.
La obra de González recurre a la fotografía, la pintura, el video, la instalación y el collage para encontrar los recorridos simbólicos y las sombras sensibles de esos datos sedimentados, huellas y signos relevantes que podrían develar inesperados discursos frente a los agobiantes vacíos del caos histórico, geográfico e iconográfico que nos envuelve. En esta evolución de ausencias, múltiples intersecciones se entrelazan, siluetean el parajevirtual de una memoria que evoluciona sin estructuras ni asideros y que el artista-arquéologo intenta ensamblar. En principio, las paradojas de la historia venezolana reflejada en las limaduras de un pensamiento traspapelado, de una voluntad institucional que intentó atender los destinos de la nación y a la que el artista interroga a través del video oen las marcas gráficas presentes en varios collages. En paralelo, las fracciones visuales de esos restos históricos se bifurcan hacia la desintegrada cartografía que alude a la representación del paisaje, repercusiones de una imagen disgregada que se ha convertido en apariencia pictórica. En estas agitaciones iconográficas la obra de los grandes maestros venezolanos gesticulan desde la ausencia: son estampasinvertidas de una impresión capital que se ha vuelto un sublime y doloroso simulacro. Finalmente, la historia personal del artista se manifiestaen la sala de exposiciones para confrontarnos con la geodesiadesplomada de una migración general del sentido. Allí, desde las resonancias de una imagen perdidade su infancia que ha superado el desplazamiento del tiempo, González ha levantado la proyección de grandes pinturas murales dentro del espacio museográfico. En este juego de lapsos yperspectivas las figuras evocadasfuncionan como el empalme final del inicio de la historia, atisbo revelador de una fotografía posterior a aquella vaguada del año 1999 que aguardó en los vacíos del artista y que ahora regresa como la reverberación deuna indetenible sedimentación colectiva, un deslavesin pausa que va soterrandola vida de un país incapaz de avanzar en sus posibilidades de contención.
Lorena González Inneco