BITÁCORA. 
SOBRE LA EROSIÓN DE LA MEMORIA Y 
OTRAS FORMAS DE MIRAR AL MAR. 

Textos: Lorena González Inneco
Imágenes: Manuel Eduardo González

Colaboración - Mayo, 2020




* m s.n.m. (Metros sobre el nivel del mar)






m s.n.m.
Desde esa última noche, cuando estalló la estabilidad, tuvimos la certeza de que más allá del mar existía un territorio promisorio. No sé bien de que forma nos sentimos emplazados por la presencia de ese lugar, aunque la historia invisible que sugerían antiguos recorridos estaba plena de punzantes incertidumbres. Sabíamos de ese espacio, lo presentíamos en el desplazamiento cuando abrazaba el olor del salitre por entre las ruinas del terruño maltratado. Era una geodesia tan visible como oculta, en muchas oportunidades recorrida por ilustres voluntades que dejaron su rastro, sin haber encontrado un resultado definitivo. Los documentos que arribaron a nuestras manos certificaban la trayectoria, pero describían el éxito de la conclusión con una extraña llegada figurada: todo se volvía un ente narrado, añorado, impalpable.
Cada cierto tiempo esa imagen se precipitaba sobre las fragilidades de nuestra huella identitaria. No obstante, desde ese pequeño derrumbe tan sonoro como imperceptible, decidimos emprender el camino. Sabíamos que en el caos luminoso de esa memoria fragmentada encontraríamos una cartografía que iba a transformarse a cada paso, perdida y renovada por las evoluciones de nuevas ausencias. 
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849 m s.n.m.

Esta mañana he decidido retomar el plano que heredé de aventureros preliminares, junto a algunas imágenes que acompañaron sus proyecciones, figuras potentes plenas de ímpetu e ideales, las cuales guardé con cuidado antes de salir de casa. Aunque las líneas actuales de la estructura de la que hablan parece el recuerdo de un desvanecimiento, el movimiento de las aguas que le atraviesan y de las cuales estamos escapando, transportan los susurros de esa batalla que estos viajeros trazaron en su contienda simbólica ante la pérdida de los referentes, ante la crisis de valores, ante la desaparición de una historia volátil que entra y sale, que se esconde y se levanta; crónica extraña que al tiempo que nos persigue y nos agrede, también nos ilumina y nos abraza. Es una panorámica visible e invisible que se abre por entre calles de silencios estridentes. En la parte posterior del plano, aunque borrosa, aún pueden leerse las anotaciones que abatieron la noche de aquel caminante desconocido, quizás el primero:

“Antes/Detrás: La calle dibuja los silencios de una perspectiva que estalla, cansada de esperar. Hay confusión y angustia, mensajes dobles y zozobra. Todos aprietan en sus manos la verdad, ganadores de una batalla efímera que se levanta desde el polvo de una ciudad aplastada. Seguimos caminando, movilizados por la imposibilidad de asiento, de estabilidad.

Más allá de los escombros, el vínculo sigue su curso para quemar su aliento en la silueta de la montaña. Todo pende de un hilo: las casas, las calles, las instituciones, los abastos, las escuelas, los estacionamientos, los locales, el empleo. Se pierde la huella del zapato sobre la acera, el amor propio, la propia vida.”







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864 m s.n.m.

Caminar en masa puede convertirse en una tarea tan segura como agobiante, en especial cuando reaparece el zumbido de reflexiones inéditas que van andando sobre los fragmentos del extraño paisaje que se va construyendo al huir. Aunque el paso de los que te rodean acompaña el camino y protege la vulnerabilidad individual, en ocasiones la mirada se nubla, abordada por una marca en cierta forma proscrita, desterrada, casi ajena. En cada uno de los recorridos surge el camino probable de otra historia probable que quizás hemos pasado por alto y es en ese momento cuando te reconoces irremediablemente solo en medio de la multitud. La voluntad se aferra a la demanda de una respuesta capaz de levantar las apariencias inéditas de lo esperado, y allí surge ese paraje borroso que cada día se va pareciendo a todo lo que hemos dejado atrás. Es entonces cuando el fantasma de esa ruina perenne conduce los pasos rendidos, doblegados por el inquietante círculo de una fracturada historia que nos obliga a avanzar.

Cuando esta sensación me sobrepasa suelo detenerme en un soslayo del sendero. Allí reviso las antiguas anotaciones que he traído y que guardo con tanto recelo. Saber de estas palabras cercanas a mis propias fisuras, me brinda un paradójico abrigo…


“Todavía/Abajo

En otros momentos la ciudad es como un charco de tiburones donde el símbolo se ha hecho pedazos de tanta dentellada. Así es casi todos los días. Llena de cemento gris, de ruinas, de zarpazos insospechados. Por eso la imagen huye. Huye como la gente y se resguarda cerca del mar. En estos senderos la memoria se aviva, es la parábola colectiva de un antiguo desamparo.”





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980,86 m s.n.m.

La verdad es que estamos saliendo por dónde ellos llegaron. Estar consciente de esta premisa, inexistente para muchos de los viajeros que me acompañan, siempre me lleva a la confusa percepción de que en mis pasos hay una doble presencia, ida y vuelta de un algo que soy pero que también es la sombra de ese otro que me persigue. El caminante uno parece haberlo sabido. A veces, en las largas soledades de la iridiscente luz se dibujan destellos tras mi enramada. El sonido del mar se vuelve abstracto, blanco, casi metódico. En ese desplazamiento sucede el extravío de mi propio cuerpo, la fatiga desaparece, el hambre, el calor, el dolor… todo se disipa. Sus palabras, las del peregrino originario, vienen a mi cabeza, como si las estuviera leyendo. Desde ese borde de lo real creo que el caminante uno no me persigue, la verdad es que siento que me está esperando.

“Una arquitectura al borde de la catástrofe. Vestigios que desafían la permanencia de la mirada. Topografías alteradas de un territorio conocido y siempre cambiante, de un espasmo continuo de reflujos: salidas y entradas de una forma bañada por el ascenso constante de las mareas.”



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Manuel Eduardo González © 2021
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